“Al final te das cuenta de que lo más importante no es lo que tú vienes a enseñar sino lo que aprendes. Una experiencia así, en un país donde todo es tan distinto hace que tu mente y corazón se transformen”MV: Antes de comenzar, coméntanos cuál era tu percepción de la Fundación Vicente Ferrer antes de llegar a la India. ¿Qué te motivó a desplazarte hasta Anantapur?
Desde que era adolescente me he sentido conmovida y comprometida con la filosofía de Vicente Ferrer, y al conseguir trabajo apadriné a un niño con la intención de venir a visitarlo. Además, la India siempre me había atraído. Hace dos años pude por fin satisfacer mi curiosidad, viniendo aquí a hacer voluntariado, como profesora de español.
MV: Anantapur es una de las zonas más pobres y desheredadas del país. ¿Cuál fue tu primera reacción al pisar la región? ¿Cómo te sentiste?
Mi primera reacción al pisar Anantapur fue un shock. La India es un lugar impactante, sobre todo la primera vez que vienes. En Bangalore, mi primera parada, pude observar a la gente, caminando de un lugar para otro pero sin destino fijo, durmiendo, comiendo... Pude observar el tranquilo “ritmo” que mueve en el país y su naturalidad innata. Por otra parte, el hecho de estar en un lugar desconocido me provocaba una cierta desconfianza, pero esta sensación duró hasta que, en el tren hacia Anantapur, una amable familia me acogió como un miembro más. Esto me tranquilizó y pude disfrutar del trayecto hasta llegar al campus.
MV: ¿Cuál fue la primera impresión al llegar a la Fundación?
Cuando llegué al campus la primera persona que me encontré fue a Vicente, junto con su veterano asistente David. Me causó gran satisfacción el hecho de que ambos dos me estuvieran al tanto de mi llegada. ¡Alguien me esperaba después de tan largo e inquietante viaje! De entrada, Vicente me resultó simpático. Me impresionó su fuerza y disciplina cuando me dijo que al día siguiente empezaríamos a trabajar. En el camino a mi habitación, el campus me pareció un remanso de paz.
MV: Cuéntanos un poco el día a día de los voluntarios. ¿Cómo organizáis vuestra jornada? ¿En qué actividades os involucráis? ¿Cuál es la edad media del voluntariado? ¿De qué países provienen?
Los voluntarios trabajamos de lunes a sábado y los domingos descansamos. El trabajo comienza a las nueve y media de la mañana y terminamos a las siete de la tarde, con dos horas para comer. En la Fundación se procura que el personal sea nativo, aunque para algunos puestos, difíciles de cubrir con autóctonos, se solicitan voluntarios con perfiles concretos (profesores, médicos, arquitectos...) Las actividades que realizamos son impartir clases de español, diseñar infraestructuras, atención sanitaria especializada y asistencia y formación para las personas con discapacidad.
La edad media está entre los veinticinco y los treinta y cinco años, y la mayoría provenimos de España, aunque eventualmente venga alguien de algún otro país.
MV: ¿Cuál es vuestra relación con los autóctonos del Anantapur? ¿Podrías decirme cómo valoran ellos la actividad de la Fundación en su territorio?
La gente de Anantapur valora mucho el trabajo de la Fundación. La institución ha conseguido haya agua, educación y sanidad para más de dos millones y medio de personas. Hay un centro de planificación familiar, tres hospitales generales y un centro de atención para enfermos con VIH / Sida. Además se han aumentado los cultivos de horticultura, construido depósitos para almacenamiento del agua y las personas con discapacidad están atendidas. Por otra parte, poco a poco las familias de los Dálits - o intocables –se van integrando en la sociedad gracias a nuestros programas de ayuda.
En el campus tenemos una relación más laboral que personal, aunque ellos siempre te hacen sentir como en casa. Tienen su propia forma de trabajo y has de respetarla, lo que a veces resulta “desesperante”. Pero si te adaptas al “Indian way”, entonces ¡todo va perfecto!
MV: Tras haber pasado en la Fundación un tiempo, ¿Cómo valoras esta vivencia? ¿Qué crees que te llevarás de allí? ¿Volverás a repetir esta experiencia?
Al final te das cuenta de que lo más importante no es lo que tú vienes a enseñar sino lo que aprendes. Una experiencia así, en un país donde todo es tan distinto hace que tu mente y corazón se transformen.
Me llevo la grandeza de lo sencillo, me llevo el “Todo acabará bien” de Vicente Ferrer, me llevo el sufrimiento que he visto, y la alegría. Me llevo una llama que siempre permanecerá encendida para seguir siendo participante del mundo, para seguir actuando. Todavía no me he ido y ya estoy deseando volver.
MV: ¿Qué consejo darías a los lectores de esta revista?
Que vengan a ver el proyecto, ¡Que vengan a Anantapur! Que conozcan a Vicente y Ana Ferrer y se empapen de su espíritu. Todos deberíamos vivir una experiencia así y ver lo fácil que es ayudar. Hacer el mundo más humano no es tan difícil, sólo hay que ponerse.
Entrevista: Eugenia Casanova
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