La idea de hacer pagar por la contaminación a aquellos que la causan avanza poco a poco en Europa y en el mundo
Tanto la idea como el concepto de “pagar por contaminar” han ido evolucionando a lo largo del s. XX. Los primeros indicios los encontramos en compensaciones económicas como la que tuvo que pagar el gobierno de Estados Unidos – dos millones de dólares- en 1954 por los daños causados por la radioactividad derivada de unas pruebas nucleares en el Pacífico a los pescadores japoneses del Lucky Dragon, que se encontraba a 136 km del lugar de las pruebas. O los 2 millones y medio de dólares que el gobierno de la URSS tuvo que abonar al canadiense por el accidente de un satélite soviético que produjo la caída de residuos radioactivos sobre Canadá en 1979.
En las primeras Cumbres de la Tierra (de las décadas de los 70, 80 y 90s) se dio un paso más, profundizando en las responsabilidades individuales para con el medio ambiente, con la intención de hacer desaparecer el equivocado concepto de que el medio ambiente era un recurso infinito y gratuito. El Planeta es cosa de todos y el medio ambiente tiene un precio, pero ¿cuál?
Actualmente, Europa atraviesa las primeras experiencias en las que consumidores particulares tienen que asumir un desembolso económico por contaminar. La forma de pago puede ir desde el aumento del precio final de un producto al que se le ha agregado el coste de su reciclaje a un peaje automovilístico por entrar con el coche en determinadas zonas urbanas. Esta última medida, llevada a cabo en ciudades como Estocolmo, Londres o Roma ha reducido considerablemente el tráfico y sus penosas consecuencias (contaminación del aire, acústica, etc), por lo que a pesar de contar con numerosos detractores, se la puede considerar un éxito.
Por su parte, el Ayuntamiento de Madrid en lugar de hacer pagar un peaje por entrar a determinados barrios, ha tomado la decisión de restringir el tráfico a los barrios de Las Letras y de Embajadores. Sólo pueden acceder los vehículos de los residentes. El plan forma parte de la Estrategia Local para la Calidad del Aire y pretende prohibir el acceso a todo el centro de la ciudad para los vehículos más contaminantes, incluyendo coches particulares de aquí a 2010.
Otra fórmula que sigue este esquema de “quien contamina, paga”, habitual en muchos países, es el impuesto al turismo, en pos de un turismo más sostenible y generalmente abonado en el propio aeropuerto. En 2001, el Parlamento de Baleares aprobaba el cobro de una ecotasa a los turistas de las islas. El objetivo era reinvertir la recaudación de este impuesto ecológico en la recuperación del medio ambiente del archipiélago balear. Suponía el pago de entre 0,25 y 2€ al día por persona sobre el coste de la estancia. Sin embargo, esta medida que se aplica en otras ciudades con gran afluencia de turistas como pueden ser París, Nueva York, San Francisco o Bora-Bora, no cuajó en nuestro país. La ecotasa quedó derogada en 2003 ante las quejas tanto del sector hostelero como de los propios turistas.
En Francia, el “eco-coste” es un concepto bastante generalizado y aceptado por los ciudadanos que corresponde al gasto del proceso de reciclaje de un producto y que se suma al precio de compra. Así, la suma varía en función del tipo de producto, el tratamiento que requiera, etc. Por ejemplo, un stick USD lleva un “eco-coste” de 10 céntimos, una televisión entre 1 y 8 € y a una nevera se le incrementa 13€ en su precio final.
El protocolo de Kyoto: 100€ por cada tonelada extra de CO2
Por su parte, el protocolo de Kyoto ha establecido un sistema de cuotas o cantidad de emisión de gases de efecto invernadero permitida según el país para alcanzar los objetivos planteados en 1997 durante la Convención Marco sobre Cambio Climático celebrada en la localidad japonesa de Kyoto, bajo los auspicios de la ONU. Excederte de la cuota que te corresponde también tiene un precio: 100€ por cada tonelada extra de CO2 emitida a la atmósfera.
Este sistema de cuotas ha introducido en el mercado de los Estados otro valor en alza: la venta de la cantidad de gases contaminantes que le queda a un país para llegar a su tope permitido por Kyoto. Aunque en un principio esta “compra-venta de cuota” pueda sonar a la mera comercialización del cuidado del medio ambiente, las autoridades europeas aseguran que al estar enfrentándonos a un fenómeno global, lo importante son los resultados totales y por lo tanto este sistema de comercio de derechos de emisión no perjudica al medio ambiente.
Pagar en especie
La cantidad de gases contaminantes que emitimos con nuestros hábitos, también puede ser pagada o compensada en especie. Más concretamente en especies como encinas, espinos, higueras… Planta un árbol; a lo largo de su vida absorberá 1 tonelada de CO2.
Si quieres comprar, plantar o regalar árboles de reforestación de bosque, como gesto de responsabilidad con el Planeta y con tus actos, para apoyar la campaña de Responsarbolidad, que va unida a la campaña “100 millones de árboles contra el cambio climático” de la Fundación +árboles, que está a su vez adherida a la campaña de la ONU “Plantemos por el Planeta”, puedes hacerlo a través de Maderas Nobles o a través de la Fundación +árboles.
Si lo haces a través de Maderas Nobles, la compra mínima es de cuatro árboles y su precio es de 25 euros el árbol. Se plantan especies mediterráneas, en Alcaraz (Albacete), y la empresa se compromete a cuidarlos durante 40 años, con técnicas de permacultura y agricultura ecológica. También puedes apadrinar árboles a través de la Fundación. En ese caso puedes apadrinar uno por 30€.
Redacción: Ana Gómez de Aranda Fuentes: Fundación + árboles. Para más información: www.responsarbolidad.net, www.masarboles.es
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