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Nuestra condición tricerebral

ImageEl ser humano, desde sus programaciones mentales tiene tres clases de manifestaciones: instintivas, emocionales y racionales. Todos hacemos de todas estas manifestaciones, pero hay entre esas categorías una predominante en las personas, una secundaria y otra menos integrada o visible.

Decía el neurólogo Paul McLean que cuando un psicoanalista le pide a su paciente acostarse, un cocodrilo y un caballo se tumbarán al mismo tiempo que el paciente en su diván. McLean construyó un modelo neurológico que llamó el cerebro triuno, el cual coincide bastante en sus apreciaciones sobre la naturaleza de la mente humana, con algo que ya enseñaba Pitágoras en el siglo VI a.C.



El cerebro triuno


La manifestación predominante le da sentido a la clasificación que hacía la escuela pitagórica de tres clases de persona: las instintivas, las anímicas o pasionales y las intelectuales. Ninguna clase de éstas, es mejor que las otras, sino que tiene limitaciones muy diferentes. Y todas son perfectamente trascendibles mediante el despertar y ampliación de la conciencia, con el propósito de alcanzar un estado de convivencia armónica, respetuosa y pacífica en nuestras relaciones. Porque todo lo que llamamos problema, es, en últimas, un problema de relaciones. De relaciones con nosotros mismos, con los demás o con el entorno.

Las reacciones de miedo o rabia, se originan en mente reactiva o subconsciente, y operan desde la parte más primitiva del cerebro, llamada paleoencéfalo o cerebro reptil. Ahí funciona el instinto de conservación que nos genera mucha angustia y la permanente necesidad de defendernos desde la disyuntiva huir o pelear, del instinto. Esto obedece a programas traumáticos que se instalan mayoritariamente en la infancia, en nuestra mente subconsciente.

Según la visión inédita del humanista colombiano Schmedling Torres, el desarrollo evolutivo del cerebro tiene una relación directa con las experiencias mentales necesarias para el crecimiento de la conciencia. Es ella, la conciencia humana, lo que ha requerido que el cerebro sea cada vez más especializado, para dar soporte al desarrollo de una mente cada vez más evolucionada.

Los reptiles son las especies animales con el menor desarrollo del cerebro. El suyo, está diseñado para manejar la supervivencia desde el ya mencionado sistema binario: huir o pelear, con muy poco o ningún  proceso sentimental.

Los mamíferos primitivos presentan un cerebro más desarrollado que los reptiles, el mesoencéfalo o cerebro mamífero, soporte del sistema límbico, que está dispuesto encima del cerebro reptil. Este cerebro es el que permite al mamífero un desarrollo sentimental que opera, fundamentalmente, desde la estructura conocida como la amígdala. Es lo que les permite establecer relaciones de mayor "fidelidad" que los reptiles.

Los últimos mamíferos en aparecer, los primates, tienen un cerebro mucho más desarrollado que los mamíferos primitivos, por lo cual, además de los sentimientos, manejan un proceso de mayor entendimiento, que está directamente relacionado con el desarrollo de la corteza cerebral (telencéfalo o cerebro neo-mamífero), presentando el mayor desarrollo del cerebro dentro de la escala animal.

Hay en los primates una correspondencia directa entre los dos aspectos, de manera tal que a mayor desarrollo de la corteza cerebral en las especies de primates, mayor desarrollo social: sociedades más complejas y organizadas. La ciencia, hoy, puede demostrar la relación directa entre el desarrollo de la corteza cerebral y el desarrollo social, y creado modelos de comportamiento humano como el del doctor McLean, quien presentó su primera visión del cerebro triuno, en 1970.

Los humanos poseemos un cerebro mucho más especializado que los primates, por lo cual, además de sentimientos, manejamos un proceso racional de entendimiento y de análisis, ampliamente superior al de todos los demás mamíferos, directamente relacionado con las partes más especializadas del telencéfalo, específicamente su región frontal, que nos permite adquirir conocimientos, desarrollar sociedades, culturas, tecnologías y lo más importante: comprender las leyes que rigen todos estos aspectos, y eventualmente, al universo entero, que es adonde apunta lo que se llama hoy la ciencia de la conciencia.
 

 
 
 
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