Uno de los problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI es la escasez de agua, entendiendo por ello un agua en cantidad y calidad apta para el consumo humano. Según la FAO, el consumo mundial de agua ha crecido durante el último siglo a un ritmo dos veces superior al de la población. La escasez de agua afecta a todos los continentes y a más del 40% de la población de nuestro planeta
Para 2025, se calcula que 1.800 millones de personas vivirán en países o regiones con una drástica falta de agua y dos tercios de la población mundial podrían encontrarse en condiciones de escasez
Ante la escasez
La transferencia de volúmenes de las zonas con excedentes hídricos a las zonas deficitarias es una solución contemplada en numerosas ocasiones, pero no es la ideal a adoptar ya que la tendencia climática actual, de constantes y bruscas variaciones en cuanto al régimen de precipitaciones, no permite asegurar las transferencias provenientes de la cuenca cedente. Es necesario recurrir, en condiciones desgraciadamente no muy excepcionales (sequías) al aporte de recursos externos de naturaleza no convencional (es decir, no proveniente de fenómenos naturales como la lluvia).
Uno de los procesos que permiten ese aporte externo es la desalación. Para ello y de manera a disponer de agua dulce en las cantidades y calidades requeridas para el desarrollo moderno, el hombre se ha dirigido hacia las fuentes de agua salada.
Las reservas de agua en el planeta son inmensas; estimaciones actualizadas calculan cerca de 1.386 millones de km3. Sin embargo, los océanos que representan una gran reserva de este agua, cubriendo las tres cuartas partes de la superficie terrestre y el 97.5% del total, tienen una salinidad media de más de un 3% en peso, haciéndola inservible para cualquier tipo de uso (agrícola, industrial o humano). El resto es agua dulce, pero el 68.9% está en forma permanente como hielo y nieve que cubren las regiones polares y montañosas (y por lo tanto de uso imposible). Del resto de agua dulce disponible, el 29.9% son aguas subterráneas y tan sólo el 0.3%, que se encuentra en lagos, reservorios y sistemas de los ríos, está en consideración de ser utilizable sin limitaciones técnicas ni económicas.
La calidad del agua
El agua es una solución de diversas sales, cuyo conjunto determina las características de la misma. Por ello, la presencia y cantidad de una u otra sal disuelta en el agua, nos da una idea de la calidad de esta última. Para medir las sales disueltas en el agua se utiliza de manera más o menos generalizada, los ppm, o partes por millón, que equivalen a miligramos por litro.La calidad del agua requerida depende claramente de su uso. Así, para ciertos procesos industriales aguas de hasta 5.000 ppm pueden usarse pero en otros como centrales eléctricas el límite máximo es ínfimo. En la agricultura, algunos cultivos toleran hasta las 2.000 ppm, aunque ello depende de la tierra, clima, composición del agua salobre, método de riego y fertilizantes aplicados. En cuanto al consumo humano, su límite es de 1.000 ppm, aunque en climas excesivamente cálidos un aporte extra de sales (si son principalmente cloruro sódico) puede ser beneficioso para el cuerpo humano. Aunque el consumo humano es de sólo unos 2-3 litros para ingestión, la desalación no sería ningún problema para este uso si hubiera otro sistema de abastecimiento de agua de peor calidad para otros servicios propios tales como lavado, riego de jardines, cocinado, etc. Estos sistemas de abastecimiento diferenciados son necesarios para impulsar el ahorro de agua, y las legislaciones en este sentido son aún muy recientes.
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