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Morsa: el oro blanco del hielo

ImageAmenazada por la caza, la contaminación y el cambio climático

Mientras que las morsas del Pacífico han recuperado sus poblaciones y soportan la caza de subsistencia, las atlánticas y siberianas no levantan cabeza desde que fueran esquilmadas para comerciar con el marfil de sus colmillos. Además, todas ellas son víctimas de la contaminación por tóxicos y del cambio climático.


Desde hace más de 4.000 años, los esquimales han temido y venerado por igual a un gigante de largos colmillos y bigotes blancos, un ser extraordinario al que respetan y atribuyen cualidades de su tribu: valor, sociabilidad, solidaridad y ternura. Es la morsa, el único representante vivo de los odobénidos “aquel que camina con sus dientes”. Con más de tres metros y medio de longitud y 1.900 kilos de peso, los machos son mayores que las hembras. Su cuerpo es hidrodinámico y está perfectamente adaptado a las gélidas aguas árticas. Tiene la piel muy gruesa, cabeza pequeña sin orejas, ojos saltones y un hocico prominente cubierto por 450 bigotes blanquecinos muy sensibles, ideales para detectar a sus presas que yacen enterradas en el sedimento marino.



Símbolo del Ártico

La morsa es uno de los emblemas más preciados del Círculo Polar Ártico. Vive en bancos de hielo, icebergs y costas rocosas con playas donde criar del Atlántico Norte, mar de Bering, Océano Glacial Ártico y Pacífico Norte.
Pacífica, tranquila y sociable, congrega en el mar a grupos de docenas de individuos. Si el tiempo acompaña –ausencia de viento y temperaturas superiores a 15º C–, manadas de cientos o miles se reúnen en ciertas playas en primavera y comienzos del verano, en plena estación reproductora y de partos. Si reinan fuertes vientos se alejan de la costa y se dispersan a unos 35 km mar adentro.

La densidad en algunas playas es excepcional, amontonándose unas sobre otras, buscando la seguridad y protección del grupo. En el apilamiento, los grandes machos y las mejores hembras se instalan en el centro. Los machos han desarrollado unos sacos faríngeos que hacen las veces de caja de resonancia, permitiéndoles emitir potentes llamadas y flotar sin riesgo de ahogarse al quedarse dormidos.


Migraciones erráticas

La búsqueda del alimento condiciona su vida. Invierte hasta el 80% del día en buscar comida bajo el agua, en apneas de unos 10 minutos, buceando en fondos arenosos de 100-150 m próximos a la costa. Excelente nadadora, alcanza velocidades de hasta 35 km/h. Tras la pista de sus presas, la mayoría realiza desplazamientos erráticos que varían según la estación y los movimientos de las placas de hielo e icebergs.


Víctima del oro blanco


Además de osos polares y orcas, el hombre es su mayor enemigo. Durante milenios, morsas y esquimales convivieron en un ambiente equilibrado entre consumo y gasto de recursos. Los primeros esquimales mostraban su valor cazando una morsa con arpón, pero la presa era abundante y un animal temible que se defendía con uñas y dientes. Abatida, la presa proporcionaba reconocimiento social al cazador y una buena ración de alimento y recursos para todo un pueblo. Su carne eran proteínas, con su piel confeccionaban vestimentas y utensilios, su grasa era combustible, sus vibrisas mondadientes y el marfil de sus colmillos era trabajado para fabricar patines de trineos o gafas con las que protegerse de la reverberación del hielo.

Aunque el atractivo por la explotación comercial de su marfil arranca en el s. XVI, sus efectos negativos son evidentes bien entrado el s. XIX, especialmente en las aguas del Atlántico Norte. Los nuevos “cazadores” de morsas provocaron carnicerías para aprovechar su aceite y el marfil de sus colmillos que, a pesar de no tener esmalte, es casi tan apreciado como el de los elefantes.

En 1860, la media anual de exportaciones rusas de marfil de morsa fue unas 5 toneladas, lo que supuso la muerte anual de un millar de morsas, a las que hay que sumar las 300 cazadas por esquimales. Las capturas eran soportables; había caza y marfil para todos. A finales del XIX, la presión se disparó y en una década los rusos mataron más de 120.000 morsas. En 1880, la población mundial de morsas se había reducido a la mitad y en sólo dos años (1878 y 1879) un tercio de los esquimales del Estrecho de Bering perecieron por inanición. Su caza empezó a ser controlada y, a principios del s. XX, comenzaron a recuperarse. Pero en 1930, la antigua URSS asestó otro duro golpe: la caza anual de unas 8.000 morsas, actividad que continuó hasta 1969. Las morsas continuaron su declive y, en 1931, Canadá prohibió la caza comercial; EE.UU haría lo propio en los 40. En los 50, la mitad de la población del Pacífico había desaparecido. Una década después, EE.UU. y la antigua URSS prohibieron sus capturas en mar abierto e impusieron estrictas cuotas en tierra. Entre 1975 y 1990, los censos aéreos constataron que la medida había surtido efecto en el Pacífico: había entre 201.039 y 234.020 morsas. La recuperación poblacional garantizó la continuidad de las cuotas para los aborígenes. Por el contrario, las capturas aumentan en las poblaciones del Atlántico. En 2005, WWF Dinamarca denunciaba que, a pesar de las recomendaciones para Groenlandia occidental de una cuota anual inferior a 50 morsas, entre 1997 y 2003 las capturas anuales habían superado los 350 ejemplares. Las cifras son insostenibles y, desde 2000, las cifras anuales de exportación groenlandesas se acercan a los 600. Hace un siglo más de 32.000 morsas vivían en las costas de Groenlandia y hoy hay unas 3.000.
 

 
 
 
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