El comercio de huevos y caparazones la sitúan al borde la extinciónLa sobreexplotación de sus nidos y el despiece de su caparazón en planchas de carey, muy cotizadas para elaborar souvenirs, ha convertido al reptil en uno de los animales más amenazados del Planeta. Al tiempo que la tecnología de seguimiento vía satélite nos descubre los secretos de sus migraciones oceánicas, unas 8.000 hembras reproductoras se enfrentan a la pérdida de sus últimos paraísos de desove, a las redes de pesca y al cambio climático.
Tiene un potente pico, similar al de una rapaz, ideal para morder y extraer invertebrados del arrecife. Es la carey (Eretmochelys imbricata), una tortuga relativamente pequeña, con menos de 1 m de longitud y entre 40 y 80 kg de peso. Los machos lucen un caparazón más brillante que las hembras, un plastrón cóncavo, largas garras y una delgada cola.
Solitaria y diurna (salvo en la época de reproducción), le encantan las esponjas y cnidarios marinos que viven en las cavidades de los arrecifes de coral, pero es omnívora y come algas, crustáceos, estrellas de mar y erizos, moluscos, peces... Esta dieta le confiere un papel esencial en el mantenimiento de la dinámica del universo coralino.
Precisa una gran variedad de hábitats para completar su ciclo vital y multiplicarse. Desde playas por encima de la línea de marea, donde la hembra entierra a sus puestas, a los arrecifes bentónicos, aguas y lagunas costeras, bahías, estuarios y aguas oceánicas pelágicas, mar abierto, donde se alimenta, desarrolla y empareja. Mientras que las crías y jóvenes pasan su vida a la deriva, siguiendo el curso de las corrientes oceánicas y sin practicar la inmersión en profundidad, los adultos viven en las aguas poco profundas de los arrecifes de coral, donde encuentran su alimento principal. Esta variedad de hábitats supone el desplazamiento de miles de kilómetros, especialmente para las hembras que, a partir de los 20 ó 30 años, se mueven entre las zonas de alimentación, apareamiento y desove.
El milagro de sobrevivir
Tras décadas de vida pelágica, las tortugas maduras se emparejan en las zonas de apareamiento y, fecundada, la hembra se dirige a la playa que la vio nacer. Allí excavará una cámara donde colocará una media de 140 huevos. Tras enterrar el nido y descansar 1 ó 2 horas regresará al mar. Dos semanas más tarde volverá para desovar en la misma playa, repitiéndose el proceso hasta un máximo de 8 ó 9 veces.
La puesta no recibirá cuidado alguno y la temperatura ambiente marcará el tiempo de incubación (7-10 semanas) y el sexo de los embriones: por debajo de los 29-32ºC nacerá una mayoría de machos y por encima más hembras. Durante varios días y por la noche, la cría se abrirá camino hasta la superficie. Alcanzar el mar será su mayor reto y multitud de predadores tratarán de impedírselo. Ya en el mar, ayudada por las corrientes y orientándose con el campo magnético, navegará cerca de la superficie, pudiendo refugiarse en masas de sargazos. Con un caparazón de unos 20 cm, los jóvenes vivirán entre 16 y 20 años en el arrecife, antes de alcanzar la madurez sexual.
Su explosiva fecundidad (una hembra puede poner unos 3.000 huevos en toda su vida) es compensada con una elevadísima mortalidad en los primeros estadíos: huevos que no superan la incubación, crías que no alcanzan el mar y otras que nadan menos de un día. Con esta vida llena de peligros, sólo uno de cada 1.000 huevos llega a convertirse en adulta reproductora. Desde el huevo a la arribada de una hembra a una playa para enterrar su primera puesta transcurren entre 20 y 40 años, y los adultos que sobreviven pueden reproducirse durante otros 10 años.
Nidos muy expoliados
Según B. Groombridge, las carey se distribuyen por las aguas costeras de 82 países y territorios, y pueden presentarse en otros 26. A pesar de vivir principalmente en las aguas tropicales de los océanos Atlántico y Pacífico, se ha constatado su nidificación en las playas de al menos 60 de países, incluyendo zonas tan norteñas como las costas de Woods Hole, Massachussets (EE.UU.). Rara vez visita nuestras aguas, tal y como atestiguan varamientos históricos de cuatro ejemplares en Galicia, uno en Doñana y dos en Canarias.
A finales del siglo XX debían de existir más de 20.000 hembras reproductoras. Entre 1970 y 1986 los japoneses importaron 100.000 caparazones de carey procedentes de 8 países del Océano Índico occidental. La mayoría de las poblaciones índicas se han desplomado y se ha constatado el declive de colonias como la de Irán, o la de Seychelles; sólo la población vigilada y protegida de la isla Cousin (Seychelles) parece recuperarse. Otros puntos importantes de los que no hay datos son Yemen, el golfo de Omán (Islas Daymaniyat, Omán), con unas 300 hembras muy amenazadas por la extracción de petróleo, o las costas de Tailandia y Malasia.
Por su parte, las aguas del Pacífico representan un buen refugio para las carey, pero sus playas también han sido muy esquilmadas.
Más próximo a nuestro entorno, al tiempo que no se tiene constancia de su reproducción en el Mediterráneo, la situación es bastante desconocida en las costas africanas del Atlántico oriental, aunque sabemos que unas 200 hembras desovan en las playas de Islas Meio (Guinea Bissau) y se han visto nidos en las costas de Mauritania, Senegal, Bioko, Santo Tomé y Príncipe o las islas de Cabo Verde. |